
Osojoso me ha hecho recordar con el PD de su comment "Hace años que un amigo me habló vagamente del efecto Panayotis. Por desgracia, no pudo encontrar el artículo y me quedé con las ganas de leerlo. Desde entonces, he intentado encontrarlo, aunque sin éxito. El único resultado que arrojó Google guiaba a un comentario tuyo en el blog de Mila, es así como, siguiendo el rastro de miguitas, he llegado hasta aquí...", un artículo que
Carmen Posadas publicó en el Magazine de La Vanguardia. Pues como me parece interesante, sobre todo para que lo tengas en cuenta tu
Mila, he decidido publicarlo, aplicaos el cuento si toca, claro.
Espero fervientemente que esta embarazosa revelación que voy a hacer sobre mi vida sentimental ayude a algún amante desdichado que en este momento se encuentre desolado por un fracaso amoroso. En algunas ocasiones he escrito que es mucha la gente que confunde el amor con el amor propio y que, ante el abandono del ser amado, se desespera, no tanto por haber perdido a esa persona sino por haber fracasado. Sobre este punto, déjenme que les cuente lo que me ocurrió el pasado verano y que me ha ayudado mucho a discernir entre estos dos amores que tanto se parecen y que en realidad son casi contradictorios.
Durante unos días que pasé en Grecia, era sistemáticamente perseguida por un hombre de nombre Panayotis, pequeño de estatura, recio y gañán de aspecto, que según él, había sido fulminado por un rayo de amor irresistible desde el momento en que me vio. Yo me había escapado a esa isla sola (ya saben cuanto me gustan esas escapadas). Precisamente para no ver a nadie y así se lo dije a Panayotis. Pero él insistía, me traía flores, venía a buscarme todas las mañanas como si nada. No era un pesado, de modo que charlábamos un rato, yo le reiteraba mi necesidad de estar sola y luego se marchaba. Todo muy bien.
Pero ocurrió que un día recibí de Madrid una llamada telefónica con una magnífica noticia profesional, y en el momento en que me informaban de que dos grandes editoriales americanas habían hecho importantes ofertas por mis libros (amén de otra noticia aún mejor que me callo por una superstición), aparece en el horizonte mi amigo Panayotis. Recuerden que estaba sola en la isla. Recuerden que a uno cuando le pasa algo realmente bueno necesita compartirlo. Pues bien: en mi entusiasmo y ante la sorpresa de Panayotis, al que no le expliqué la razón de tanta alegría, le planté un beso en la mejilla y le dije: “Esta noche te invito a cenar”. Aquí viene lo insólito de la situación. Este personaje un tanto rústico, al que yo nunca había dado ni bola, se me queda mirando, sonríe en forma de disculpa y ante mi estupor dice: “Bueno… no sé, tengo mucho trabajo, te llamaré luego y te lo confirmo”, y como para suavizar la cosa añade: “Te prometo que haré lo posible”.
La historia acaba así: ahí me tienen, vestida de punta en blanco y esperando a un Panayotis que llamó cinco minutos antes de la cita para plantarme como una lechuga, eso si con muchas palabras bonitas. Desde ese momento me encontré pensando en aquel tipo. Soñaba con Panayotis. Cada moto que pasaba, cada llamada de teléfono creía que era él. Cuando me lo encontraba me temblaba un poco la voz… en suma, un absurdo de tal calibre que tuve que tomarme un gintónic para digerirlo: estaba actuando como una novia abandonada de un tipo que nunca me interesó.
Fueron muchas las cosas que aprendí en Grecia, pero la más importante (ya me ha servido en otras situaciones con componentes – realmente- afectivos) es que el amor propio magullado se parece tanto al amor que a veces es imposible diferenciarlos. Sirva mi tonto “fracaso” veraniego como grotesco ejemplo. Piénselo, quizá se lleve una agradable sorpresa: “Él/ella no merecía la pena y el que llora no es usted sino su ego herido.