viernes, diciembre 21, 2007

Feliz Navidad


Siempre que llegan estas fechas y el alcalde comienza a torturarnos colgando sus perifollos navideños ¡más de un mes y medio antes de tiempo!, yo me acuerdo de Montse. Y es que así se llamaba una amiga que fue toda una pionera en lo que podemos llamar la ‘posfamilia’. Esta expresión, que le tomo prestada Fernando Schwartz y que me parece genial, sirve para describir la actual realidad familiar de muchas personas con hijos de uno y otro cónyuge de matrimonios anteriores, con nueva familia, ex familia, primera suegra, segunda suegra, tercera suegra, el/la novio/a de mamá, el/la novio/a papá, etcétera. Y dicha expresión sirve también para plantear nuevos retos emocionales: ¿qué pasa si me divorcio de X, pero sigo queriendo como si fuera mío a su hijo, Z? ¿ Puedo pedir régimen de visitas? ¿Y mis dos hijos, que se han criado con el de X, dejan con nuestro divorcio de ser hermanos de Z? Y si resulta que adoro a mi suegro de mi primer matrimonio y detesto al actual, ¿tengo que dejar de ver a uno y sustituirlo por el otro?

Como digo, Montse era toda una avanzada en esto de la posfamilia. Tenía, para que se hagan una idea, dos hijos del primer matrimonio, uno del segundo y había vivido diez años con dos hijas de su tercer marido, a las que adoraba. Para complicar más el asunto, este tercer marido la había dejado por Rubén, el profesor de tenis de ambos, con el que Montse, a su vez, había tenido, en tiempos, un romance tórrido.

Esta situación, digna de aquella serie americana tan divertida de nombre Soap, era ya muy complicada durante todo el año, pero cuando se acercaba la Navidad con su ‘noche de paz’, su milonga de «amaos los unos a los otros» y aquello de «bienaventurados los hombres de buena voluntad», la cosa se tornaba realmente letal: su primer marido, que era todo un facha, se negaba en redondo a que sus dos hijos se juntaran con las hijas del tercero, puesto que tenían, según él, un padre maricón. El segundo marido, que odiaba al facha, no permitía que sus churumbeles comieran turrón con los del primer matrimonio. Y el tercer marido, que no en vano se había puesto el mundo por montera, decía que a él la Navidad le importaba una jota y que se largaba a Cancún con Rubén, dejándole a Montse sus hijas para que «la acompañaran en esas fiestas entrañables».

Con este papeletón y otros detalles que les ahorro, porque no me iban ustedes a creer, apenas alumbraba el mes de diciembre a Montse ya se le empezaba a demudar la cara. Andaba la pobre como loca comprando regalos para toda su enorme posfamilia y, lo que es aún más trabajoso, templando gaitas y emulando a Metternich u otros famosos negociadores y estrategas mundiales para que la ‘noche de paz’ fuera lo menos espeluznante posible. Cuando uno se la encontraba por ahí y le hacía la consabida pregunta de: «¿Qué tal, Montse?, ¿qué le vas a pedir a los Reyes?», ella suspiraba consternada: «Yo lo que quiero es que me duerman por Navidad y despertar el 7 de enero».

Son muchas las personas que dicen detestar la Navidad y siempre que se habla del tema repiten los mismos argumentos: que si les espanta esa explosión de espumillón, Peces en el río y demás perifollos navideños que tiene uno que tolerar desde el mes de noviembre y, a veces, desde octubre. Que si se gasta uno un pastón en regalos que no le gustan a nadie. Que si no aguantan los atascos y la ciudad congestionada… Rara vez, en cambio, se habla de lo que verdaderamente duele, el hecho de que la Navidad pone en evidencia las contradicciones y complicaciones de lo que hoy es el mundo de los sentimientos. La vida de muchos de nosotros se ha convertido en un ejercicio de malabarismo con muchas pelotitas que mantener en el aire al mismo tiempo: nuestros padres, nuestros hijos, nuestros amigos. Y a estas pelotitas se unen, además, todas las que provienen de las posfamilias. Por eso, no me extraña que tantos tengamos alergia a la Navidad. Ya sea por la sobredosis de presencias o por las muchas ausencias, cada vez somos más los que deseamos que llegue ¡ya! el salvador 7 de enero.


4 comentarios:

Juanjo dijo...

He leído un par de veces tu entrada, y creo que me ha ayudado a aclarar un poco mis ideas.
A mí me pasa todos los años, y éste más si cabe, que me gusta la Navidad, pero por otra parte estoy deseando que termine.

La Navidad me duele. Es como una caricia repetida sin cesar sobre la misma superficie de la piel. Ya no gusta, pero todavía recuerdas el estremecimiento de la primera vez, y no sabes decir que no.

También me he quedado escuchando la canción, que también tiene un sabor agridulce para mí, el sabor de lo que fue, y de lo que ya no es, el sabor de la última Navidad.

Lo dicho:
¡Feliz Navidad!

Y que pase pronto.

¡Besos!

Carmen dijo...

Ya queda un día menos Juanjo, bueno o más... Besitos!

Lurka dijo...

A mi me gusta cada vez menos, pero es por el rollo consumista en lo que se ha convertido.
De todos modos me encanta desear a todo el mundo que tenga una Feliz Navidad y que el Año Nuevo sea mejor que el Viejo.
Supongo me hago mayor pero no dejo de ser una soñadora así que...
FELIZ NAVIDAD Y MEJOR 2008!!!
Un beso guapa.

Luisru dijo...

Me gusta la idea de las postfamilias, es digna de desarrollarse en un post para ella sola. A mí la Navidad me resulta un tanto indiferente, creo que el truco está en psara un poco de la familia, claro que yo no tengo hijos ni nada. No sé hasta que punto se puede pasar de ellos como de los padres (si es que se puede).