martes, julio 15, 2008

Momento "Nina Simone"



"Un fundido en negro se cierne milimétrico, elegante y sugerente sobre una Céline que baila una canción de Nina Simone ante un Jesse que, al fin, se descompone en moléculas".

Lo que podríamos llamar mini o micro decepciones son transcendentes, de hecho nada tienen que ver con los socavones de la vida, ni tan siquiera con sus costuras torcidas. No arrastran el desierto que viene después del dolor, o los desmayos del alma enferma ante la pérdida. A menudo, incluso nos sentimos privilegiados al adivinar que lo que hace que el día se nos atraviese es una auténtica menudencia, pero, aun así, es capaz de merodear alrededor de la almohada y estampar su firma en la esquina. Estas decepciones guardan relación con el relato personal que cada ser humano escribe mentalmente al compás de sus días. A pesar de que lo hayamos moldeado a golpes de crisis y raciones de aprendizaje, alterando alguno de los capítulos que en otro tiempo nos parecían intocables, nuestro relato no está inmunizado ante la decepción. A veces se veía venir, dices, y otras te asalta por sorpresa, cambiando bruscamente los renglones y moviendo las palabras sin punto y aparte; ahí donde había cercanía escribes falsedad, donde leías cariño, ahora figura rechazo. Se trata de microdecepciones pasajeras, por lo que sus garras no tienen categoría de envite, pero resultan descorteses e incluso miserables. En ellas puede cobijarse la ignorancia o la falta de reconocimiento, el ninguneo o la envidia que esperaba impaciente el momento para su puesta de largo. Pero tal vez lo más intolerable de las microdecepciones sea su falta de elegancia; su espesura contrapuesta a lo noble, lo transparente.

Como si todo tuviera un precio. A veces, las relaciones de trabajo se camuflan (por interés) bajo falsas muestras de amistad mientras algunas relaciones amorosas se confunden con historias imaginarias que nunca serán tal y como se habían soñado. Lo bueno es que en ocasiones son mucho mejores. Ésas son las verdaderas conquistas, aunque para lograrlas hay que vivir a cara descubierta, sin reprimirle al corazón sus discursos temerarios. Dice Eduard Punset que la capacidad de amar, en las personas dichosas, es superior a su miedo. Para ejercer la curiosidad o sentir un golpe de emoción es necesario abandonar estrategias y cálculos. A menudo nos aconsejamos unos a otros precaución en las relaciones humanas, medir la entrega, aprender de las decepciones. Nunca he creído que la experiencia sea garantía de nada, pero como mínimo te enseña que en muchas ocasiones tus problemas, en realidad, son los problemas de otros. No sé si la felicidad es una sala de espera, la planificación del viaje en lugar del propio viaje, como dice Punset. En todo caso, continúa siendo un auténtico milagro que a un día le suceda otro, el primer café, la promesa de una nueva página en blanco.

¿Se decepcionará Céline si realmente Jesse deja escapar su avión? yo creo que esto merece una tercera parte denominada "Antes del anochecer"...

3 comentarios:

Juanjo dijo...

Hoy felicidades por partida doble. Por tu santo, y por tu excelente artículo.

No creas que encuentras mucha gente con capacidad de distinguir pequeñas decepciones con grandes tragedias. En cambio abunda la que tiende a convertir las primeras en las segundas.

Tus textos, en cambio, nunca decepcionan. Merece la pena esperar para leerlos.

Besos.

pau llanes dijo...

me gustó leerte, mucho, no sabes cuánto, volveré, sí, lo haré, promtido, etc.

Atticus Finch dijo...

La tercera parte, me temo, que sería una película no apta para menores...me juego lo que quieras.

En cuanto a la felicidad, siempre he creído que siempre viene con un pequeño paquete de autoengaño debajo el brazo.